dimarts, 4 de setembre de 2007

ESMOQUIN PARA DOS

No necesita presentación. Su nombre es Bond, James Bond, el dandi por excelencia. Sibarita, secreto, mujeriego, con licencia para matar pero no para morir, conductor de todo tipo de artilugios, con la tecnología siempre de su lado, y combatiendo siempre en solitario los males del mundo. Gran peleador en el cuerpo a cuerpo y disparador certero cuando va armado, con un afeitado siempre perfecto, conocedor de los mejores vinos y bebidas alcohólicas (“martini con vodka, mezclado no agitado”), viste pulcros trajes de las mejores marcas, luciendo siempre la imagen misma de la elegancia. El perfecto caballero, el narciso. El cielo para él es un burdel sin paredes. Bond fue el primer agente secreto con el estilo y la arrogancia suficientes para hacer culto del peligro.

Desde tiempos pretéritos en todas las discusiones de arte y ensayo siempre se dirimía una guerra a dos frentes entre los partidarios de las dos rivalidades históricas por la supremacía del frac. Solo había dos James Bond posibles: Sean Connery-Sampras y Roger Moore-Federer. Últimamente un nuevo valor se ha sumado estableciendo una terna: Daniel Craig-Nadal, constituyéndose así ahora únicamente una pregunta: ¿Moore-Federer o Craig-Nadal? Repasemos a los mejores Bonds pues.

El Bond seminal, Sean Connery-Sampras, era un tipo rudo de pocos pero certeros recursos. De belleza clásica y rostro duro, Connery-Sampras era un especialista, con ‘licencia para matar’. Con un dominio exultante de sus aptitudes físicas y una técnica basada en el pragmatismo menos cerebral, Connery-Sampras convirtió el juego del saque y bolea en un arte inalcanzable para sus rivales. Se hartó de levantar Grand Slams a base de repetir su ya mítico saque, que fomentaba su efectividad en que entre la ejecución del primero y segundo no había diferencias, lo que le hizo ganarse a pulso el sobrenombre de ‘el hombre de los dos primeros saques’. Así, tuvo un reinado largo de casi una década donde dejo su impronta convirtiéndose en el más grande ganador que se ha visto nunca sobre cualquier superficie de tenis. Su estilo tosco y repetitivo no caló nunca, por aburrido, entre el populacho, que prefería a su competidor más directo, Michael Caine-Agassi, netamente inferior a él. Pero es ahora cuando ve recompensado su ímpetu, cuando visto con la sabiduría que marca el paso de los tiempos su figura emerge y es reivindicada por las nuevas generaciones, que lo reclaman como un ídolo inmortal.

En su sucesor natural, Roger Moore-Federer encontramos al perfecto gentleman, un hombre elegante casi por castigo, educado en los grandes placeres de la vida, de ‘diamantes para la eternidad’. De una belleza más efébica que sus coetáneos, Moore-Federer tiene un cuerpo en perfecta armonía para la ejecución de su deporte. Pero en él encontramos un gran enigma: nacido entre los parajes verdes y pastos de postal de Suiza, Moore-Federer es un genio engendrado por generación espontánea. Encierra un misterio en sí mismo que no encuentra la explicación a su talento por haberse dado en un país sin tradición. Llama la atención comprobar como acrecienta su dominio año tras año habiendo aprendido a jugar en un lugar donde tanto escasea la competencia.
El tenis es un deporte practicado desde tiempos inmemoriales por gente fina y de clase bien que han repetido generación tras generación unos movimientos hasta desarrollar una técnica universal. Durante décadas y décadas el tenis ha consistido pues en perfeccionarse, en depurar esas técnicas transmitidas de padres a hijos para buscar la perfección del juego. Moore-Federer, capaz de convertir un simple giro de muñeca en un golpe imposible con la calma de quien sorbe un trago de champagne es la sublimación del estilo tenístico. Un virtuoso capaz de ejecutar con pasmosa facilidad el golpe más rebuscado sin perder en el intento ni un ápice de su estilo. Este dandi heredero de la más distinguida flema británica que no presenta carencias en ninguna superficie, tiene en Wimbledon su coto privado de caza (‘al servicio de su majestad’).
Es el ídolo de los amantes de los placeres de la vida, de esa gente refinada que almuerza caviar y ostras regadas con vino blanco. Moore-Federer encarna al hombre perfecto, el modelo a seguir para todo aquél que venga detrás.

Daniel Craig-Nadal, el último estilete, personifica al joven Bond aprendiz de los buenos vicios. Destaca por ser distinto a sus predecesores en el cargo, menos agraciado de rostro pero más dotado en contundencia física. Con su cuerpo de púgil entró en las pistas como un elefante en una cacharrería para acabar por si solo con la imagen que se tenía del profesional del tenis. Su físico voluminoso, lleno de abultados músculos no encontraba parangón dentro del circuito. El Bond de Manacor posee una naturaleza sobrehumana, es un miura con la resistencia de un ave migratoria. Muchas dudas le acompañaban en su cruzada, todo el mundo se preguntaba si no habría errado el tiro en la elección del deporte. Actualmente ya no hay ninguna duda sobre sus aptitudes: representa el prototipo de jugador invencible en tierra batida. Deslizándose con pasmosa facilidad por el polvo de ladrillo llega a todas y cada una de esas pelotas que resultan imposibles para el resto de los mortales. Sus armas ya han entrado dentro de los almanaques de las escuelas de tenis de todo el mundo: su ‘passing’ de infarto basado en el ‘banana shot’ en carrera y un drive súper liftado de bote muy alto.
Craig-Nadal es el Bond de barrio. Un hombre que muestra menos solvencia para ganar que los que le precedieron en el cargo, pero por contra es más expresivo, todo coraje. Cubre esa falta de orfebrería natural con gran empeño y fe ciega en sus posibilidades. De pura casta. El ídolo de niños y obreros con barriga de cervecero que le siguen con sufrimiento desde las barras de los bares de todos los pueblos. Mientras pule su propio estilo, Craig-Nadal convierte su ascensión a los altares del tenis en una batalla. Cada nuevo partido es una epopeya convertida en cuestión personal donde más allá de la simple victoria lo que esta en juego es el honor.
Y en el fondo, pase lo que pase en un futuro, sus derrotas nunca admitirán ‘peros’ porque Craig-Nadal es un romántico con cara de duro que tiene en la ciudad de la luz su territorio fetiche. A él y a sus admiradores ‘siempre nos quedará París’.

¿Craig-Nadal o Moore-Federer? Elijan, porque en el proceso de elegir estará el de observarles, y ahí, en el hecho de contemplar su juego, es donde encontrarán su valía, grandes entre los grandes.
... des de La Ribera per al món...