dijous, 9 d’agost de 2007

EL LINGÜISTA

Durante años, los españoles aprendíamos con recelo como primera lengua extranjera el francés. La verdad es que no nos hacía mucha gracia tener que estudiar la delicada lengua de nuestros vecinos los ‘gabachos’, cultos y refinados en su caracterización popular. Porque a la rivalidad histórica que siempre hemos tenido franceses y españoles, había que añadir que el idioma galo se hacía costoso para los hombres ya que al entrar en su exquisita pronunciación nos hacía parecer ‘amariconados’. Nada bueno para un país que tenía en el modelo de macho ibérico una figura a la que rendir culto.

Luego llegó el inglés, que parece haber venido para quedarse. Porque además de que ninguna rencilla histórica nos crea prejuicios para entrar de lleno en sus entresijos fonéticos y gramaticales, el inglés es un idioma agradecido, que en poco vocabulario se defiende y entiende uno lo necesario. Por eso es un idioma universal que se expande por doquier a toda mecha. Yo lo estoy aprendiendo, me encuentro inmerso ahora mismo (y por poco tiempo) en el momento inicial de total desconocimiento. Un momento maravilloso, porque cuando uno empieza la ardua tarea de aprender un idioma nuevo, rápidamente advierte qué singularidades presenta en comparación con el propio. Uno, lleno de aburrimiento, se puede incluso permitir el lujo de perpetrar absurdas teorías sobre el carácter nacional de tal país teniendo en cuenta las curiosidades de su idioma. Pero luego, conforme uno va profundizando en el estudio y asimilación de este nuevo vehículo para la comunicación, olvida lo que en un principio le causó impresión y automatiza las reglas para su uso más corriente. En el inglés aprecio grandes diferencias respecto a nuestro idioma, más rico y lleno de matices. Lo que primero se advierte con verdadero asombro cuando uno se zambulle en su estudio es como se nombra igual a la segunda persona del plural que del singular; a tu y a vosotros. Luego pasma como se conforman los tiempos verbales, de manera diferente y más simplificada que en castellano. Una vez se entra de lleno en ellos, de todos, que son muchos, el que más reduce las cosas es el verbo ‘to be’, equivalente a dos de los nuestros, ser y estar. Es algo que a mi se me escapa, comprender como pueden vivir sin hacer distinciones entre dos verbos tan indispensables. Yo, español de pura cepa, encuentro alivio al pensar que la cosa es mucho más compleja si el que aprende el idioma es inglés y el objetivo el castellano. Entonces el confundido es él.

David Beckham, inglés, dejó el Real Madrid al final de esta misma temporada. Se marchó para siempre sin haber aprendido a hablar fluidamente en castellano. Algunos ignorantes pensaron que su poca pericia con los idiomas le convertía sistemáticamente en un estúpido. Un hombre mononeuronal que solo sabía dar patadas a un balón. Pero mirando más allá, yo veo su logro, quiero decir su único y verdadero logro, que es el de confundirnos a todos. Beckham, el lingüista, ha conseguido un imposible: hacer que todos pensemos en castellano como si lo hiciéramos para hablar en ingles. En efecto, esto se complica: olvídate que una persona no puede ‘pensar’ en un idioma que no es el suyo,-por poco que sea, siempre se traduce de un idioma a otro- por razones que me permitiré el lujo de no explicar apoyándome en que tú ya las conoces. Beckham, maestro del idioma universal, coge primero las segundas personas del singular y del plural y las baraja a su antojo. Se convierte en un ilusionista para regocijo de la publicidad: se gana la confianza de todo el mundo porque parece que te habla a ti cuando en realidad habla para todos (vosotros). Pero ahí no acaba el embrujo. Con total parsimonia coge el verbo ‘to be’ como si fuera un balón y hace con él lo que le da la gana. Lo utiliza como mejor le conviene. Así, nos ha hecho creer lo que ha querido: por su culpa confundimos que ‘es’ bueno cuando realmente ‘esta’ bueno (avalado por mujeres), que ‘es’ listo, cuando si lo piensas sabes que ‘esta’ listo.

En fin, que nos la ha liado con dos verbos copulativos, que como indica su nombre, sirven para copular, follar. Eso es lo que ha hecho con nosotros; nos la ha metido por el culo a todos. Y sin vaselina.
... des de La Ribera per al món...