dimecres, 4 de juny de 2008

NIETZSCHE HA MUERTO

El ciclismo es un deporte lleno de costumbres. De siempre, los ciclistas españoles eran menudos y ligeros. Envarados y raspados; soberbios, anárquicos y dicharacheros. País de irregulares escaladores que plantaban siempre batalla, que con orgullo derrochaban todas sus fuerzas. Capaces de protagonizar una gesta inmortal para al día siguiente perderlo todo y caer en la vulgaridad del anonimato. Pura contradicción: Los grandes corredores españoles, pobres, que vivían en la precariedad del hambre, eran combatientes de la antigua Castilla. Los apegados a las cimas inmortales de los pirineos, vascos y navarros, jamás acariciaban la gloria a pesar de vivir en las zonas más propicias. Así pasó con Bahamontes, toledano, delgado y fibroso, enjuto ciclista todo carácter, primer español en conquistar la ‘grande boucle’, aunque casi por accidente: le podía la presión, él solo iba a por la montaña. Luego llegó Luís Ocaña. Dejó una gesta inigualable. En una subida ridiculizó al mejor ciclista de todos los tiempos, Eddy Merckx. Le sacó nueve minutos. Al día siguiente en una bajada perdió el amarillo con una terrible caída y acabó en el hospital. Logró por fin el Tour en el 73. Pero años después se suicidaría ahogado en la miseria existencial. En la siguiente generación, la de los 80, llegó también de la meseta central el segoviano Perico. Triunfó en el 88. Pero el miedo le paralizó en el 89. Las contrarrelojes le causaban respeto, y él llegó tarde al prologo inicial. Un despiste que le costó el Tour. Una maldición se cebaba con todos ellos: ninguno lograba repetir título.

Pero pocos años después, en el 91, un mozo del norte, navarro, poco hablador, consigue ganar el Tour. Y algo parece estar cambiando. Como un exorcismo parece dispuesto a acabar con todos los males del ciclismo español. El nuevo valor no es menudo ni anárquico. Todo cálculo, el hombre más alto que jamás ganó Tour alguno lo hace sin miedo, vengando primero a Bahamontes. Sin demostraciones de dolor, frío y duro, siempre cara de poker. Luego destierra el fantasma de Ocaña, al sentenciar el Tour en una bajada. Y así se llega al 92. Muerto Franco, España se hace notar. El año de los JJOO y la Expo de Sevilla. Del Barça campeón de Europa y del 5º centenario de Colón. Somos los reyes del mambo, pero nos creemos los reyes del rock. El navarro impasible ha roto otra tradición y se ha impuesto en el Giro, por ello muchos creen que no volverá a ganar el Tour, que volverá la maldición. En las primeras etapas parece menos fuerte que el año anterior. Y entre las dudas aparece un lugar, Luxemburgo, y una cita, la contrarreloj individual en ‘el Tour de Europa’.El hombre silencioso, en una gesta para la historia, completa la cuadratura del círculo, venga a Delgado imponiéndose en la contrarreloj. En la exhibición de poder más grande del ciclismo moderno. Pincha dos veces. Dobla a 6 corredores y saca al concluir 3 minutos al segundo. La contrarreloj más rápida de la historia. Sin Pinarello Spada de por medio. Gianni Bugno, ciclista de gran clase, entonces subcampeón del Tour, ganador de un giro de Italia y tres veces campeón del mundo, que había hipotecado todas sus fuerzas para conquistar la carrera, pide cita al psiquiatra. Laurent Fignon, bicampeón dice que cuando le pasó era como una moto. Stephen Roche, ganador en el 87, que había renegado de ver el Tour, estaba tras una valla, dijo haber visto pasar un ángel. Recuperó la fe. Volvió a enamorarse del ciclismo. Claudio Chiapucci, el Diablo, juega al despiste y lo bautiza para siempre, ‘El Extraterrestre’. La sabiduría popular rezaba que el nuevo mesías sería capaz de ganar la carrera sin tener que prepararla. En efecto, era Dios, un hombre de capacidades físicas mitológicas que había roto todas las tradiciones.

Estamos en 1999. Medio año antes del efecto 2000 y de las profecías de Nostradamus. Las siete trompetas del Apocalipsis entonan su melodía que durara siete años al paso de un hombre con veneno en las piernas. Viene de lejos, muy lejos, de vencer a la muerte. Reivindica a Nietzsche y nos recuerda a Zaratustra: Dios ha muerto. […] Yo os muestro al superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho vosotros para superarlo? […] ¡Yo os muestro al superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Con él llega un nuevo ciclismo: ya no hay rastro de Dios, la carretera es un infierno, y solo al Superhombre se le permite buscar la gloria absoluta, batir todos los récords, ganar sin dejar migajas. Y el Superhombre no esta solo, viene con metodología: tener el mejor equipo y solo correr una carrera al año; memorizar el recorrido en invierno, ser el jefe absoluto. Pero sobre este nuevo modelo siempre la misma sombra: cada equipo necesita un superhombre, y siempre hay un camino fácil, el del dopaje. El ciclismo queda medio muerto, entre dudas, sospechas, prohibiciones y juicios.

Se llega al año 2007. Otro español despunta. Es menudo, escalador, del seco llano, hablador y risueño. Es joven, demasiado, pero consigue ganar el Tour y se llama Alberto Contador. Su gesta pronto queda en entredicho por correr en el equipo del Superhombre. Además tiene una historia demasiado parecida a la suya, también ha saludado a la muerte y sus piernas contra cuesta parecen molinillos. Entre incrédulos y escépticos queda el desafío: volver para ganar y demostrar para el ciclismo español que las viejas hazañas de Dios no eran la excepción que confirma la regla. Año 2008, la sombra del dopaje sigue siendo alargada. Al equipo de Contador le prohíben correr el Tour, y él llora de rabia. Pero entre lágrimas aparece el Giro, y Alberto, de vacaciones, se ve obligado a correrlo. Empieza renqueante, pero corre con cálculo, sufriendo en la montaña y aventajando en la contrarreloj. En Italia, entre tradiciones, reivindica a Dios. Vence y convence, ya no hay duda, el campeón esta limpio. Y hasta se apropia de una vieja leyenda urbana: es capaz de ganar una carrera de tres semanas sin haberla preparado. Entre costumbres y leyendas Contador, ajeno, reinventa el ciclismo, y a su paso solo queda decir: Nietzsche ha muerto y con él su Superhombre. ¡Que viva el ciclismo!
... des de La Ribera per al món...