dimarts, 14 d’octubre de 2008

DE LA HOYA – PACQUIAO: LA ÚLTIMA PELEA DEL SIGLO*

Oh Doctor, yo tan solo quiero encontrar el tema para el artículo sobre el Gran Combate, pero créame, Doctor, el problema es que uno podría hablar de muchas cosas pero hay demasiadas distracciones. Uno podría fácilmente rasgarse las vestiduras e insuflar una columna de artimañas poéticas intentando emular con la pluma a los viejos Grandes escritores, aquellos que hacían del trabajo de escribir sobre boxeo algo más que literatura, casi un arte. Ponerme descaradamente sentimental y encontrar incluso algunas razones de índole cursi para hablar de cómo el boxeo es una metáfora de la disputa continua que supone toda vida, hablar de la épica y la lírica, de la nobleza y los valores perdidos en esta mutable sociedad, de la lucha de clases, si, en definitiva, intentar convencer a todos aquellos que no gustan de este deporte bravucón, y hacerlo desde el almibarado prisma del razonamiento filosófico; dictaminar que la Gran Contienda será una lucha una vez más entre la edad y la juventud, un choque de culturas, de dos formas del entendimiento de un mismo deporte, la fuerza bruta contra la inteligencia cinética corporal. Porque Doctor, se puede crear todo un ensayo previo casi espiritual que sirva para calentar la pelea, hacer un análisis completo y autocomplaciente de absolutamente todo el mundillo del boxeo profesional, con todas y cada una de las categorías, lo que supone esta velada en especial al mundo del guante, repasando la presencia de los mexicanos en casi todas las categorías menores y entonces, ya metidos en arena y con el arrobo necesario, tratar de razonar el porque de la imposibilidad antropológica de tener un Gran Campeón mexicano en la categoría de los pesados. Y nombrar de paso cómo la cosa ha ido decayendo en esta categoría reina y como los púgiles caucásicos han dominado los últimos años tras décadas de dominio afroamericano, y como tal vez ahora, ante la falta de sólidos contendientes, debamos mirar todos hacía la cuna de la civilización, el continente africano, y buscar allí las respuestas que el cetro requiere.

Incluso Doctor, llegados a este punto, podría también hacer banales teorías económicas sobre el viejo y maltrecho siglo XX en los Estados Unidos en su relación con los grandes boxeadores, porque podría ponerme pedante y citar rápidamente que los primeros campeones eran pugilistas ítaloamericanos, por la gracia y arte de los mafiosi que dominaban el cotarro hasta la llegada de los púgiles afroamericanos, que encontraron acomodo económico gracias a la irrupción de los derechos civiles, para luego desaparecer al dejar atrás el gueto y encontrar más salidas en otros deportes de equipo como el baloncesto, el football americano o el béisbol. Si, toda una teoría económica del boxeo, mentando a la madre de los promotores, sagaces mequetrefes, mamarrachos amorales que se enriquecen a costa de los púgiles esgrimiendo, Doctor, que el centro del pugilismo se ha centrado en sus figuras, esas que nunca descansan. Y justo en el medio de toda la argumentación uno podría hablar de cómo el boxeo ha cambiado la piel, pasando de ser el Gran Juego a uno más dentro de la cultura del Entertainment, y todo ello ha quedado expuesto a nosotros en la metáfora hecha carne que supone el abandonar la sede mundial del viejo Madison para pasar a esa capital mundial del hedonismo que es Las Vegas. Incluso podría ponerme apocalíptico, relativamente romántico y un poco atávico y nombrar la edad de oro, comparar a los nuevos estiletes en los de antaño, citar un par de anécdotas míticas y hablar del Alma del Juego, de que tal vez todo esto solo sea una estrategia publicitaria, un gran patraña, una estúpida farsa, un falso cuento de hadas. Si, podría hacerlo fácilmente, créame.

Porque Doctor, todo esta permitido, todos estamos invitados, y el tema da para eso y mucho más, para hablar, incluso, después de un suave carraspeo para cambiar adecuadamente el tono, de un análisis pseudo-intelectual de los agujeros del tardocapitalismo y de como se retroalimenta de los elementos que forman su cultura popular. Hablar de todo aquello que alimenta a la Bestia: los miles y miles de dólares gastados en promoción, del perfil psicológico de los púgiles y, porqué no, del aficionado medio; relatar detalladamente la cantidad de perritos calientes que se venderán en las tribunas, el número de casas de apuestas que aceptarán cubrir la pelea, de quién es el favorito popular, que supondrá una victoria de cada uno de los dos aspirantes, o incluso, que ropa les cubrirá hasta llegar a pisar la lona, o cuanta gente ha en el staff técnico dictaminado por la organización para que todo salga a pedir de boca.

Y cuando la cabeza se quede seca de ideas, siempre quedará referirse a lo más intrínseco al pugilismo, aquello que llamamos los prolegómenos de la pelea y no es más que una descripción detallada de cómo llega cada uno de los contendientes a la cita. Referirme primero, y a este lado del cuadrilátero, a Manny ‘Pacman’ Pacquiao, el mejor púgil del mundo libra por libra, con algo más que posibles problemas para llevar a cabo su técnica basada en la velocidad al tener que subir de peso obligatoriamente, eso si consigue dar en la bascula el peso welter ya negociado. De su posible participación en esta pelea buscando algo más que un contrato multimillonario, la sombra de Henry Armstrong. Y en el otro extremo del ring, Oscar ‘Golden Boy’ De La Hoya, del que uno ya ni recuerda el tiempo que hace que no da en báscula el peso requerido y que planea retirarse a lo grande tras la pelea. Podría hablar de su astucia económica, del sueño americano conformado en cada uno de sus puños, la personificación del orgullo de los púgiles sudamericanos que logran establecerse en las altas esferas del Imperio armados únicamente de su talento y tenacidad. Hablar, finalmente, de que Manny ha reinado en cinco divisiones diferentes y Oscar en seis, y del extraño y a la vez fascinante espectáculo que podría presentarse la pelea atendiendo únicamente a la morfología y técnica de los dos.

Y al final de todo, llegado el momento tan buscado, solo me quedaría disfrazar mi autocompasión, ponerme místico y presumir de artes adivinatorias, para entonces promulgar a los cuatro vientos quién de los dos ganará, atañendo a razones empíricas y demostrables si, y solo si, se posee el conocimiento necesario de las aptitudes fisiológicas de los dos y la capacidad de abstracción precisa. Repasar historiales, nombrar pesajes, medidas y velocidades y alegar, como el mayor de los ignorantes, que no hay verdad más absoluta que referirse en estudios casi científicos a los contendientes y englobarlos dentro de su importancia histórica, haciendo continuas comparaciones con los grandes artistas del pugilismo, contabilizando el porcentaje de victorias por KO, o la cantidad de asaltos disputados, y hasta mil cosas más, porque vete tu a saber cuantas estadísticas se podrían llegar a desmenuzar. Y entonces, ya cegado por la vanidad y el ego, vestirme con las poses del gurú o el hechicero y decantarme ligeramente por uno de los dos y esperar ansioso que la pelea transcurra por los caminos anunciados por mi gracia divina.

Pero no puedo hacerlo, porque estoy enfermo y lo reconozco, si, porque Doctor, siempre viene la crisis ante el papel en blanco, y esta vez acompaña al riesgo que se corre al encontrarse que, al final, tras todo el esfuerzo puesto en la egocéntrica tarea de intentar convertir un simple escrito en un acto trascendental, quede la nada. Si, porque tal vez este solo sea un combate entre miles y miles de combates que se celebran anualmente y no pasan del anonimato y uno no tarde en comprobar como se desvanece la gloria que tanto costó conseguir para un hombre que durante una noche expuso su ser esforzando toda su anatomía a base de combinaciones y pasos sobre un ring de boxeo, y todo quede en, un día después, una conversación anecdótica en una barra de un bar, en nada más que el resultado anotado en una página de periódico arrojada a cualquier papelera de cualquier estación de metro del mundo. Pero Doctor, en esta vida siempre existe un anverso, y podría también venir esa otra postura, la de que la pelea promete grandes emociones y quizá, con el tiempo, logre instalarse en la propia mitología del Juego, la de la suerte que corren todas aquellas peleas que traen nuevos aficionados, nuevos practicantes y que son revisadas impenitentemente al velar de los años. Y todo a pesar de no ser una pelea por el título. ¿Quién sabe Doctor?

Ah Doctor, el problema tal vez es solo mío, si, tal vez el problema es que uno sólo pretende encerrarse a solas en una habitación, sin informaciones vacuas que le roben la libertad de asombrarse y, acompañado únicamente de una buena copa de Bourbon pueda degustar el combate pase lo que pase; porque ¿quien sabe?, quizá, por una vez, el que gane sea el propio boxeo.


*La Gran Contienda tendrá lugar el día 6 de Diciembre en Las Vegas.

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