dijous, 16 d’agost de 2007

DEMASIADO

Cuando Marlon Brando intentaba abrirse paso en el mundo del celuloide, todo el mundo le miraba con desprecio. ¿A donde iba ese osado? Lo llevaba claro. No tenía cara de galán. Tenía el cuerpo demasiado musculado. El pescuezo demasiado pronunciado para los encuadres. La cabeza demasiado grande. Era demasiado bruto. Demasiado temperamental. Y además, el pobre parecía no darse cuenta. Era demasiado estúpido. Pero Marlon, terco y engreído, solo se quedaba con una parte: ‘era demasiado’. Cogió con todas sus fuerzas ‘un tranvía llamado deseo’, puso su sexualidad a flor de piel, y ya nada fue igual. Las obras maestras se sucedieron: ‘Viva Zapata’, ‘Salvaje’, ‘La ley del silencio’, ‘El baile de los malditos’, ‘El rostro impenetrable’, ‘La jauría humana’, ‘El Padrino’, ‘El último tango en París’, ‘Apocalypse Now’… Murió, quien lo iba a decir, como el más grande.

Algo parecido pasó con Lance Armstrong, el Marlon Brando del ciclismo. Era un don nadie. Un don nadie que era gregario y que tuvo que ver morir a su mejor amigo en el asfalto, Casartelli. Había corrido contra Indurain. Lo había envidiado al verlo coronarse año tras año. Y como buen americano conocía la figura de Marlon Brando. Lance, envuelto en la mediocridad, sufrió un cáncer y se dijo a sí mismo, ‘si salgo de esta, se van a acordar de mi’. Potenció su ira y escribió ‘su’ guión: ganar el Tour. Pero no de cualquier forma; apabullando en contrarreloj y volando en la montaña. No dejaría migajas, como sí hacía Indurain. Ni se retiraría siendo una sombra de lo que fue, como pasó con Brando. Quería ser ‘El Padrino’ del Tour. A su lado, los demás parecerían marionetas. Hasta Ullrich, de mayor cilindrada, parecería minúsculo al lado del hombre que vio la luz al final del túnel. Lance rompió todas las barreras. Siete Tours seguidos. Se retiró en el momento justo. Era, en efecto, el más grande.

Marlon, que era muy divo, tuvo que vivir la desgracia de ver como pronto le salían pretendientes estando aún en activo. El mejor de ellos, el más bien colocado de todos, era más menudo y aliviado físicamente. Un galán de la calle. Que era demasiado canalla. Demasiado bello. Que le pesaba parecerse demasiado al gran Dios Brando. Marlon, en sus trece, se negaba a admitir sucesores. Pero un buen día, con su impertérrita sonrisa llena de sarcasmo, se reconoció en otro. Vio su misma mirada desafiante, su misma sonrisa pícara. El otro era, en efecto, demasiado bueno para ser sólo otro Marlon Brando. Era Paul Newman.
A Lance, ya retirado, le empezaron a llegar habladurías. Para él, que nunca pensó que tendría sucesor, –o que al menos no lo vería en vida- los rumores le llegaban demasiado pronto. Oía que había un chaval con una historia demasiado parecida a la suya, que también había saludado a la muerte. Que tenía un hermano con parálisis cerebral. Que estaba hasta en su mismo equipo. Que era además demasiado joven. Demasiadas coincidencias, pensó. El chaval, no se sentía especial. Solo era un buen chico que en su tiempo libre criaba jilgueros cantores con su padre. Estaba fascinado por estar en el equipo de Lance, pero nada más. Un buen día, en una etapa casi virgen, donde solo los grandes habían ganado -Pantani y el propio Armstrong- en Plateau-de-Beille, el chaval que criaba jilgueros echó a volar. Y Bruyneel, el hombre que hizo a Armstrong, y que intentaba moldear al prodigio, llamó a Lance para que enchufara el televisor. El americano advirtió enseguida que aquel chaval tenía traza, clase. Observó en silencio como un chaval que era todo candor, levantaba por si solo a un deporte herido de muerte. Los pirineos volvían a estar llenos de gente por obra y gracia de una sola persona. Lance se vio en él. Vio la misma frecuencia de pedalada, la misma falta de respeto a la muerte. La misma ambición. El mismo veneno en las piernas. Ese chico era demasiado rápido para los demás. Demasiado joven para llevarse el Tour. Demasiado inocente para ser otro Lance Armstrong. Era demasiado bueno. Era Alberto Contador.

Marlon Brando supo porque era Marlon Brando cuando paseando por el barrio de Little Italy en New York, los ‘mafiosi’ le invitaron a comer. Supo que si su papel en ‘El Padrino’ le convertía en uno de ellos, es que algo raro pasaba. Supo entonces que ya era inmortal. Lance supo como era de grande el día que Indurain fue a verle ganar el quinto en París. Algo extraordinario debía de ser, pensó, si un hombre tan impasible e inexpresivo como Indurain venía a reconocerlo en su victoria. Contador, el criador de jilgueros al que los italianos ya habían bautizado como ‘Il Narratore’, porque narraba poco a poco su propia leyenda, sabía que para ser grande tenía que subir de nivel. Dejar el fino alpiste y empezar con el maíz. Olvidar los bellos cantos y arremangarse, ensuciar sus manos con las heces del ave más gustosa. Tenía que domar a los ‘pollos’ del pelotón. Y entonces, cuando lo hubiera conseguido, ya llegaría el reconocimiento.

Y por fin llego el día. Lance Armstrong, un hombre que siempre amó Italia, que su plato favorito eran los spaghetti panzani, y su mejor amigo había sido el italiano Casartelli, lo había comprendido. Lance, como hombre-esponja que absorbe primero todos los conocimientos y luego los pone en práctica para pulir cualquier aspecto de su vida hasta convertirlo en perfecto, lo había comprendido. Había comprendido mirando hacía Italia el valor de las tradiciones. Comprendió a Contador. Comprendió que le llegaba la hora. Tras una dura etapa, Contador supo que era grande. Allí estaba. Lance esperaba a Alberto, su sucesor. Don Vito esperaba a Michael Corleone con un brillante jersey amarillo en sus manos.
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