diumenge, 19 d’agost de 2007

VENTRÍLOCUO VENTOSO

Sacrilegio Virgilio Augusto, músico experimentado y experimental, ha fallecido en aras de pecador complacido esta misma mañana. Sainete y popular compositor, bonachón y querubín del jolgorio callejero como buen hijo del Turia, nos lega al subconsciente sus pasodobles paradigmáticos de la ‘España cañí’, alguno tan afamado como ‘Pepita Pómez’. Su verborragia en el arte compositivo lo trasportó también al dominio del bombardino, instrumento que tocaba en la Banda Municipal de su pueblo y a labios del cual será recordado, pues tarde o temprano sus obras se olvidarán como el vuelo de un estornino.

Su austera y heredera mujer, María de los Socorros Gutiérrez ha considerado menester airear las inhibiciones a las que acostumbraba su funesto cónyuge “como así él lo hubiera querido”. No se ha referido, inesperadamente, a la consentida fricción del difunto con las arpías menos redomadas -esas mismas que se encontraban en el paradero del perecido al venir de su última hora-, sino a las contrariedades más hogareñas de un hombre envidiado por su supuesta elegancia. Sacrilegio era portador de una escatología a flor de piel derivada de su pertenencia a tierras del levante mediterráneo. El gran músico era, según se nos relata, un gran afinador del orificio trasero -no piensen mal-, y entre sus deleites se encontraba el de orquestar en sinfonía el vulgar ventilar de sus ventosidades. De su posadera ocarina se despedía, además del ocre tufo que transpira todo gran aliviador de digestiones, una armonía tan bella como hedienta.
Su capacidad sobrehumana para rellenar y después vaciar sus cavidades intestinales de gases nobles esta expuesta a nosotros gracias a las múltiples hipótesis enmendadas por sus grandes amigos, que anonadados ante el fácil y florido aparato digestivo de Sacrilegio, discutían largo y tendido sobre ello: Para unos el prodigio quizá es debido a un defecto en la puesta a punto de la estética adecuada para abordar el sueño; dormía boca arriba, impidiéndose así la libre circulación del oxígeno por su pechera, que quedaba irremediablemente atrapado en su organismo. Para los demás, tal vez se deba a que Sacrilegio poseía unas nalgas privilegiadas en su moldeable flacidez, servidas para recrear en bella armonía el batiburillo de los pedos furtivos. En suma, nadie parece saber. Sea como fuere, Sacrilegio, insigne combatidor del estreñimiento, adulaba sin estremecimiento su don más singular y secreto hasta la nausea, pues inmiscuido en dignificar tan artesanal expresión de la anatomía humana, se encontraba últimamente en pleno proceso creativo. Trabajaba incansable hasta la extenuación en dos ‘obras para trasero’ que han devenido póstumas: ‘el concierto para dos orificios’ compuesto para ser interpretado por un posterior respingón femenino conjuntamente con unas posaderas andróginas masculinas. Y la ‘sonatina en clave de fa (disonante)’ expuesta exclusivamente para traseros imposibles, turgentes y sobremusculados, capaces de emitir en tonos tan graves como los 43 Hz que requiere el armónico de la nota fa.

Y en su último ensayo, consiguió el ‘gran orfebre del refinar intestinal’, como gustaba autoproclamarse, elaborar lo que siempre persiguió: un número cómico llamado ‘el ventrílocuo ventoso’. Una delirante función artística consistente en hacer plausible su talento de enmascarar el sonar de su esfínter y colocárselo a quién crea más gracioso para el devenir del espectáculo. Tal vez sea en éste donde más se adivine su carácter valenciano, lleno de inmediatez y desprovisto de la rimbombante exigencia de convertirse en eterno. Lástima que haya caído en saco roto y sean pocos los que lo hayan disfrutado.

Desde aquí Don Sacrilegio, estés donde estés, un gran abrazo y un sonoro pedo en tu memoria.

IN MEMORIAM
Sacrilegio Virgilio Augusto
(17/1/1941-19/8/2007)
... des de La Ribera per al món...