dimecres, 17 d’octubre de 2007

EL MITO DE LA CAVERNA

Vivimos en un tiempo en el que los deportistas se han erigido en los protagonistas publicitarios y aparecen por todos lados como iconos de moda y tendencias, siempre a la vanguardia de todos los movimientos estilísticos. El mercado ha cambiado en detrimento de las estrellas de rock y los astros del celuloide, que debido al poder de la piratería han visto como su influjo en el marketing mundial perdía fuelle por no ser rentable invertir en sus figuras.

El reinado del deporte empezó a fraguarse de la mano de Michael Jordan, el mejor de los deportistas habidos y por haber, un hombre que revolucionó el mercado deportivo construyendo su propia marca de artículos deportivos. Bajo el manto de Nike y su agresiva publicidad, las zapatillas de Jordan se convirtieron rápidamente en objetos de culto a pesar de su elevado precio, agotándose siempre a las pocas horas de salir a la venta. Con los años la leyenda de Jordan quedó ligada a todo tipo de productos, más allá de lo meramente deportivo: cereales, bebidas energéticas, puros, cadenas alimenticias...etc. Era el inicio de una nueva era.

Rápidamente las agencias publicitarias vieron el filón de oro tras los practicantes de cualquier deporte masivo y el mundo de posibilidades que se abría delante de sus propios ojos. La cosa estaba clara: los deportistas son ídolos reconocibles por todos. Héroes que personifican el duro trabajo, el compañerismo, la lucha por la victoria y lo más importante, lucen cuerpos sanos, fuertes y bellos que empezaban a mostrarse sin ningún tipo de tapujos. Así llegó la rusa Kournikova, que en los tiempos pre-Internet, se afianzó como el primer producto de marketing basado más en el impacto de la imagen que en el propio valor como deportista, logrando inesperadamente convertirse en fenómeno mundial. Kournikova fue el trampolín. La constatación de que un deportista podía encabezar las listas de los más bellos del mundo sin ser modelo ni actriz. Sus enseñanzas no cayeron en saco roto, y su compatriota Maria Sharapova mejoró pocos años después el producto dotándole, ahora sí, de triunfos deportivos.

Todo iba viento en popa, pero un buen día el mecenas Jordan se retiró. El mercado deportivo empezó a tambalearse, necesitado urgentemente de una reinvención. Y en esas llegó el fútbol a reclamar lo que era suyo. Como deporte mundial convertido casi en religión, el fútbol se afianzó gracias a la era de la información. Tuvo su mejor momento de la mano de Beckham y Ljumberg, que contaron con el apoyo de todo tipo de marcas de ropa y complementos y definieron un nuevo término: el hombre metrosexual. Era la entrada al nuevo milenio, se vivía la explosión del porno y los hombres empezaban a cuidarse de forma diferente, recurriendo con asiduidad a la depilación, usando cremas faciales reparadoras y luciendo peinados imposibles. La nueva moda era más deudora del universo homosexual que de los cánones de belleza viriles. La sociedad se llenaba de metrosexuales y body builders, que creían en la redención personal mediante el culto al cuerpo con dietas y largas horas de ejercicio en el gimnasio. No parecía cosa descabellada, era llevar el ‘mens sana in corpore sano’ a la máxima expresión.

Ante el alubión de iconos mediáticos surgidos de las arcas deportivas, el cine y la música contraatacaron a la desesperada e inventaron primero el término fallido del ubersexual. Más tarde nos llegaron pistas de por donde iban los tiros una vez ya asentado el nuevo milenio. El cine quería recuperar su terreno y enterrar de una vez por todas la tendencia dominante de la metrosexualidad, poco aprovechable para sus films. Todavía no hace un año, James Bond cambiaba su imagen de gentleman impecable por la de un rocoso rubio que parecía más un portero de discoteca que un dandi (Daniel Craig). Después llegó 300, película tildada de machista y fascista, donde el ejército protagonista de los Espartanos lucía unos músculos imposibles creados por arte y gracia de las técnicas digitales. Estaba claro, volvía el hombre.

Pero el deporte no podía quedarse de brazos cruzados y decidió llevarse una vez más el gato al agua. Cuando la tendencia era recuperar al hombre viril, al duro de toda la vida, el consumismo miró enseguida al rugby, ‘un deporte para bestias practicado por caballeros'. En el rugby priman los valores clásicos: compañerismo, honor, competitividad. Así que enseguida devolvió la pelota con un ensayo y nos introdujo primero al jugador francés Frederick Michalak, que poseedor de un cuerpo musculado adornado con un duro rostro servía de modelo de hombre duro pero sofisticado, cediendo su rostro para las cremas faciales de Biotherm.

Y ahora ha llegado la verdadera revolución. Del mismo deporte y de la misma selección gala, llega el nuevo icono, Sebastien Chabal. Chabal representa al hombre duro sin concesiones. Al hombre primitivo aliviado de toda ambigüedad. Ya no queda ni rastro de las bellezas andróginas metrosexuales. La irrupción de Chabal como ídolo mediático es casi un milagro. ¿Porque? Chabal es una suerte del Leónidas de 300 pero con la diferencia de que es de carne y hueso, sin artificios. Un tío de 192 centímetros y 115 kilogramos de músculo que un día decidió dejar de afeitarse por pereza y que pasó de ir a la peluquería porque no sabía hablar en inglés y tenía vergüenza de no hacerse entender. Por si esto fuera poco, fue tornero fresador, tiene cara de orco y una voz grave que le da un aspecto más temible si cabe. Si añadimos que su forma de juego es siempre mirar hacia delante, nunca recular y que pasea sin inmutarse un carácter indómito, nos encontramos con una perfecta paradoja: el hombre que más miedo podría causar es el que más admiración levanta. En un partido contra el equipo más famoso del mundo, los All Blacks, Chabal realizó un placaje a un contrario y lo dejó KO y en otro lance del juego chocó con otro adversario y le rompió la mandíbula y varios dientes. Ese día se constató el rumor: la Chabalmanía no había hecho más que empezar. Desde entonces, cuanto más terco, salvaje y animal se muestra, más crece su popularidad y los apodos para definirlo: 'El hombre de las cavernas', 'Atila', 'El Anestesista' o 'El Animal'.
No hay término medio. Sus miles de fans, mitómanos empedernidos, están de enhorabuena. Disfrutan oyendo frases como la que dijo un excompañero: "Cuando él (Chabal) está sobre el terreno de juego, la mirada de los adversarios cambia". O sus múltiples hazañas: en una reciente entrevista en el Mundial de Rugby, Chabal le espetó a un periodista que le hablaba en inglés que estaban en Francia y que allí solo se hablaba francés. Como el periodista no sabía francés, Chabal se levantó y se fue. Además ha rechazado dos ofertas por estar demasiado ligadas a su apariencia física: una de Mudanzas Bretonas y otra de un champú de L´Oréal. Incluso Paris Hilton, trasnochada multimillonaria en busca de notoriedad que luce una imagen de lo más contraria a la de Chabal ha hecho una canción sobre Chabal para el Mundial de Rugby.

Los más críticos dicen que su fama está por encima de su valía como jugador, algo que ya se oyó cuando estalló el fenómeno Beckham. Los tiempos cambian, se cierra por tanto un ciclo. El mito de la caverna de Platón se redefine. En el siglo XXI el hombre se cansa del exterior y decide volver a la caverna.


... des de La Ribera per al món...